ROFF Y UN JILGUERO (Roff y Linnet 1)
CADENA y JAULA.
GUILLERMO E. HUDSON.
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Ocasionalmente ocurre que en algún pueblo o alguna casa de campo, o mansión, o granja, o cabaña, o en la posada donde estamos parando, nos encontramos con un perro al que se mantiene encadenado. Lo descubrimos tal vez por mero accidente al caminar entre establos y galpones, o "en el fondo", donde se supone que los extraños y las visitas no van, o no ven lo que no está destinado a ellos. Al verlo, sabemos, instantáneamente, por su apariencia, que es total, inexpresablemente desgraciado; que anhela libertad, ejercicio, compañía; que, aunque las personas que lo poseen y regularmente lo alimentan, le dirigen algún saludo, cuando por casualidad se cruzan con él, está, sin embargo, solo en el mundo. Los que tienen perros y estudian su carácter, y saben qué intolerable es para ellos que los dejen solos, pueden entender este estado. ¿Puede ser que alguien lo mire y deje de entenderlo? Es peor que el estado de un hombre confinado en su celda solitaria; ya que puede encontrar algún consuelo en su mente -las imágenes del pasado, los recuerdos de una vida activa y libre, que producen una ilusión, un sentido de libertad perdida. El perro encadenado no puede echarse quieto y al mismo tiempo recorrer la tierra; no puede hacer nada ni ser nada simplemente con el pensamiento; tiene que estar levantado y corriendo para ser él mismo, y cuando ha hecho dos yardas, es tironeado por la odiosa cadena. Se para inmediatamente al ver a un extraño, lanzando un gruñido que tiene algo de gemido y un ladrido que es como un grito, y ambos sonidos expresan su miseria. Sus ojos nos miran con extraña atención y se esfuerzan por descubrir el sentimiento de los nuestros: ¿Con qué propósito estamos allí? ¿Somos capaces de un sentimiento de afinidad y de compasión? Esa mirada fija del perro encadenado es suficiente para hacerlo a uno sonrojar al pensar en la inhumanidad del hombre hacia el ser que él llama su amigo. Fue durante un temprano merodeo de este tipo, en una pequeña casa de campo en la que yo había ido a quedarme, que descubrí por primera vez a Roff, en el fondo de un largo jardín atrás de la casa, encadenado a su casilla. Roff servirá para el propósito que tengo al escribir este artículo mejor que cualquier otro perro encadenado que haya conocido; ya que, en lo que concierne a los otros, siempre conseguí olvidar lo que vi. Era un animal grande, hirsuto y gris azulado, un ovejero mantenido como perro de la casa; y, ya que estaba demasiado lleno de vida y actividad para concordar con el carácter de los de la casa, lo mantenían siempre encadenado. Yo no pude olvidar a Roff, porque expresaba su miseria más elocuentemente que sus congéneres. No soy lo que se llama un amante de los perros, o un adorador de ellos, como estamos inclinados a llamar a los que en su ignorancia ven cualidades en el perro que lo separan y lo ponen por encima de todos los cuadrúpedos. Tengo simplemente un sentimiento amistoso hacia los perros como lo tengo hacia otros animales, y cuando me encuentro con un perro, normalmente le hablo en un tono amistoso y pongo mi mano en su cabeza en forma de saludo. El perro generalmente responde con el mismo espíritu; pero algunas veces, su patr6n le dirá que esta manera de actuar no es conveniente, ya que su perro puede lanzar un dentello al extraño cuando lo acaricia. Nadie me previno de tocar a Roff; cuando me acerqué a él, salt6 sobre mí, tratando de lamer mi cara, y estaba tan enloquecido de alegría y fue tan grosero, que yo tuve que ser grosero también, y me lo saqué de encima; y en ese instante, con enojo repentino, me mordi6 la mano y me hizo sangrar, luego, sujet6 mi saco y le produjo un buen desgarro, aunque era una sarga muy fuerte. Una vez que me lo hube sacado de encima, continuó un rato abalanzándose hacia mí y lastimándose mucho con la cadena; después, dándose cuenta de que yo no cedía y continuaba hablándole en forma amistosa, se ech6 y comenzó a gimotear como implorando y rogando (si un perro puede rogar) perd6n y compasión. Desde esa vez, me permitía acercarme y acariciarlo, pero siempre, cuando tenía que alejarlo y me daba vuelta para irme, tenía un nuevo ataque de desesperaci6n y de furia insana, y trataba de alcanzarme y morderme. Lo he visto cuando, echado frente a su casilla después de ser alimentado, varios gorriones bajaban en busca de las migas y saltaban a una yarda de él. Los observaba asiduamente, sus ojos castaños, medio ocultos por el pelo desgreñado, brillando con agitación contenida. Acostándose, extendía una pata hacia ellos y parecía por sus actos y gestos estar rogándoles que se le acercaran, para comer a sus pies, para dejarlo tocarlos, para acariciarlos con su lengua. Pero no se le acercaban; no podía tener ni siquiera un gorri6n como amigo, y de nuevo su furia insana lo dominaba y, levantándose de un salto se lanzaba hacia ellos aun cuando ya estaban volando y se habían alejado. Les rogué a los de la casa que lo mataran si no podían o no querían liberarlo; no harían ninguna de las dos cosas -lo necesitaban como perro guardián, pero empezaron a inquietarse por él y admitieron que era un animal infeliz. Después de un año o más, al volver a la casa, fui a la casilla de Roff y la encontré vacía; lo habían matado de un disparo, y yo sentí gratitud hacia ellos por haberlo, finalmente, sacado de su miseria. Lo aparentemente raro de este caso es que se trataba de buena gente -nunca he estado en la casa de gente de campo más buena; sin embargo, les había parecido -o así pensaba yo- que no había nada de malo en su trato del pobre sirviente y amigo; que si le daban cobijo, agua y comida, estaban haciendo todo lo que era necesario -o todo lo que su sentido de lo correcto demandaba. Fue sólo después de reconvenciones repetidas de mi parte que comenzaron a experimentar algún remordimiento de conciencia. El caso, como he dicho, no es singular; la única diferencia era que Roff expresaba su desdicha en forma más violenta que la mayoría de los perros.
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Tenía en mi mente, entre otros casos, el de un jilguero enjaulado que encontré en una casa de campo, y el jilguero me recordaba a Roff, que era mantenido encadenado en esa misma casa. Entonces se me ocurrió relatar primero la historia de Roff, ya que yo quería insistir en lo siguiente: si nosotros, o muchos de nosotros, incluídas tantas almas buenas y honestas, podemos estar tan absorbidos en nuestros propios pensamientos y ocupaciones, tan completamente desprovistos de esa simpatía más amplia que nos hace acercarnos a todas las formas de vida sensible, como para no ver y sentir el sufrimiento que infligimos a una criatura tan alta en la escala animal como el perro, tan cercano a nosotros en su inteligencia, emociones, e instintos sociales -justamente la especie elegida por el hombre para ser su sirviente y compañero, o amigo, como decimos- cuánto más difícil debe ser para nosotros reconocer la injusticia y crueldad en el caso de un pájaro enjaulado! Para muchos es imposible -para todos, efectivamente, los que no tienen imaginaci6n- pues el pájaro está tanto más alejado de nosotros que el animal , y no posée los ojos casi humanos que nos hablan y ruegan como en el perro. "Las aves viven cerca de nosotros, pero desconocidas," dice el poeta. Queda entonces, después de haber contado la historia de Roff, agregar la del jilguero; ya que, a menos que se cuente, y en forma total , hubiera sido mejor que este trabajo no fuera escrito. En temas de esta naturaleza, nada sino el ejemplo concreto puede afianzarse en nosotros. Encontré al jilguero en la cocina, en una pequeña jaula colgada de la pared oscurecida por el humo -el pajarito más quieto, más silencioso y más triste que uno pudiera ver. Era el mes de marzo, y, en respuesta a mis preguntas se dijo que no era la costumbre colgar la jaula afuera durante el invierno. El jilguero había estado donde lo encontré desde septiembre -alrededor de seis meses! No se iban a arriesgar a sacarlo hasta el tiempo cálido de primavera. Les supliqué que lo soltaran. Cerca había un gran terreno comunal cubierto de árgomas y zarzas, un nidal de jilgueros, donde el pobre animalito encontraría una pareja y viviría una vida adecuada, y sería feliz. No, no lo soltarían; y cuando ofrecí comprarlo al precio que ellos pusieran, la dueña se ofendi6. Ella no aceptaría dinero por su jilguero - ¡lo querían! Se lo había dado hacía dos años un pariente, ya muerto, y se había transformado en una posesión sagrada. Hacían todo lo posible para hacerlo feliz; todos los días tenía semillas y arena limpia y agua limpia - ¿qué más podían hacer? La mujer que dijo esto, que era la dueña del pájaro (y de Roff), era perfectamente sincera; era una buena mujer en todo el sentido de la palabra, aunque sin imaginación, y le sorprendió y preocupó saber lo que yo pensaba. S6lo podía suponer que yo era un poco extraño o raro en mis ideas sobre los pájaros enjaulados. Salí y conseguí pamplina y hierba cana, pero cuando me acerqué a la jaula con ellas, el pobre jilguero se aterrorizó y se lanzó contra los alambres violentamente. Sin embargo, al poco tiempo perdió su miedo, y en uno o dos días estaba tan mansito conmigo que los otros lo notaron. "Por qué", dijeron, "apenas usted entra por la puerta, el jilguero empieza a llamar y se pone tan excitado." Entonces un día, después de muchas discusiones y polémicas, me permitieron que sacara la jaula afuera. ¡Tenían miedo de que el jilguero se resfriara! Hacía frío, pero el sol de marzo estaba muy brillante, y colgué la jaula en la pared del galpón donde guardaban la madera, en un lugar en el que el viento soplaba y el sol brillaba de lleno sobre él, y fue maravilloso presenciar el efecto del súbito cambio al sacarlo del interior cerrado y oscuro. Sosteniéndose bien estirado sobre su palito, comenzó a aletear como tomando un baño, pero tan rápido que sus alas parecían una bruma, como las alas de una esfinge revoloteando. La acción continuó hasta que el pájaro quedó exhausto, y sus alas cayeron; jadeaba con el pico abierto y parecía estar por caerse del palito. Sin embargo, después de un rato se recuperó y parecía muy vivaz. El ataque que el pajarito sufrió al sacarlo, me recordó el caso, que justo en ese momento estaba saliendo en los diarios, de una niña o una mujer adolescente que había sido recluída por un padre brutal en una habitaci6n subterránea y allí mantenida durante varios años. Cuando la descubrieron y fue rescatada, se notó que el largo encierro en ese oscuro lugar frío y silencioso la había reducido casia un estado de imbecilidad. Luego, al sacarla presurosamente al aire libre y al brillo del sol, empezó a tener convulsiones y se desmayó. Sus salvadores pensaron que en su afán la habían matado al sacarla demasiado rápido, pero después de un rato, recobró sus sentidos. Todo el tiempo que permanecí en la casa, me ocupé del pájaro, sacando la jaula y proveyéndole de hojas verdes y otras cosas. Luego partí, y al volver un mes más tarde, encontré la jaula vacía. El jilguero estaba muerto -muerto a pesar del amor que le tenían y de sus tiernos cuidados! Murió, me dijeron, después de que yo me fui. Probablemente me extrañaba, dijo la dueña del pájaro; y su muerte la había perturbado mucho porque le había hecho pensar que, tal vez, después de todo, yo había tenido razón. Cuando ya había muerto, ¡cómo deseaba haberme permitido liberarlo! Aquel pequeño dolor de remordimiento lo había experimentado porque la muerte del pájaro había seguido tan pronto a mi partida, mientras que las palabras que yo había pronunciado estaban todavía frescas en su memoria. En la vasta mayoría de los casos, tal sentimiento no se experimenta. Se saca al pájaro muerto de la prisión que ocupara durante un mes, un año, o tal vez varios años, y en su lugar se coloca uno recién capturado. Ni un sólo pensamiento sobre la real causa de su muerte -la lenta muerte antinatural de un pajarito en una jaula- el pequeño ser con plumas, con corazón y cerebro y alma, que es todavía desconocido para nosotros, y "no podemos saber lo que siente" -si carecemos de imaginación. |
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(1) Linnet significa jilguero o pardillo, pero suele también usarse como nombre propio femenino.
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N. del T.: Este texto fue publicado por primera vez en forma de panfleto por The Humanitarian League, en Inglaterra, y posteriormente, en la edici6n de las Obras Completas de Hudson en veinticuatro tomos (1922-1923) por J.M. Dent & Sons, en homenaje al escritor luego de su muerte. En esta edici6n, el artículo aparece en el tomo XXIV: Dead Man's Plack, An Old Thorn, & Miscellanea.
Por nuestra parte, y con referencia al tema de este trabajo, sólo quisiéramos recordar que la oposición a la destrucción de especies y al maltrato a los animales, no es simplemente una actitud de orden sentimental y ecológico, es también una posición ética.
Traducción: Enrique S. Pedrotti.