El Ombú (1902) 

(Fragmento)

GUILLERMO E. HUDSON.

 

    Esta historia de una casa que existió, fue narrada un día de verano por Nicandro, ese viejo a quien todos escuchaban con deleite, ya que podía recordar y narrar con justeza la vida de cada persona que había conocido en su lugar natal, cerca de la laguna Chascomús, hacia el sur de la pampa bonaerense…

 

             ...Era su costumbre visitar cada dos o tres meses un convento que estaba a una distancia de medio día de viaje desde El Ombú.

             Él (Santos) era muy estimado por los frailes y cada vez que los visitaba llevaba consigo un parejero, cargado de regalos para los Hermanos: un costillar de carne buena y gorda, uno o dos lechoncitos; una yunta de corderos, un hato de perdices, un par o dos de armadillos[1], el pecho y alas de un avestruz y en verano una docena de huevos de avestruz y no sé cuantas cosas más.

             Un anochecer, estaba en El Ombú y ya partía para casa cuando Santos me vió y gritó:

             -Bájate, deja libre tu caballo, Nicandro. Voy mañana al convento y tú montarás el caballo cargado y me eximirás de la tarea de conducirlo. Serás como un pajarito posado sobre su lomo y no notará las pocas onzas que pesas. Puedes dormir sobre un cuero de oveja en la cocina y levantarte una hora antes del amanecer.

             Las estrellas aún brillaban cuando partimos en nuestro viaje a la otra mañana, en un mes de junio, tras haber cruzado el Samborombón al amanecer, se veía toda la tierra blanca por una severa helada. Al mediodía llegábamos a destino y fuimos recibidos por los monjes quienes abrazaron y besaron a Santos en ambas mejillas y se hicieron cargo de los caballos. Después de desayunar en la cocina y como el día estaba tibio y agradable, fuimos a sentarnos afuera para tomar mate y fumar; la conversación entre Santos y los Hermanos ya se había prolongado por más de una hora, cuando de improviso, un joven se aproximaba a galope largo hacia la tranquera gritando "¡Los ingleses!" ¡"Los ingleses!"1.

             De un salto, todos nos paramos y corrimos hacia la tranquera, ahí, trepando por los postes y barrotes, vimos a menos de media legua de distancia en dirección al este, que avanzaba un gran ejército de hombres encaminándose hacia Buenos Aires. Vimos que la vanguardia había hecho un alto a la orilla del arroyo que atravesaba las tierras del convento para finalmente lanzar sus aguas al Río de la Plata, dos leguas al este. El ejército estaba compuesto por infantería, pero mucha gente de a caballo lo seguía, y éstos, decía el joven, eran vecinos que habían salido para observar los invasores ingleses, pero también decía que los soldados al llegar al arroyo, habían empezado a tirar sus mantas y que las gentes las recogían. Santos, al oir ésto, dijo que se sumaría a aquellos y montando su caballo, seguido por mí y dos Hermanos quienes dijeron que querían algunas mantas para el convento, partimos al galope hacia el arroyo.

     Llegados que hubimos, nos encontramos con que los ingleses, no contentos con el vado, que tenía un fondo muy barroso, habían construido un nuevo paso para ellos, socavando la orilla de cada lado y con una cantidad de mantas que habían doblado y arrojado sobre el lecho de arroyo, ahí donde tenía unas veinte y cinco yardas[2] de ancho. Cientos de mantas fueron arrojadas y las gentes las recogían y cargaban en sus caballos. Santos de inmediato se mezcló entre la multitud y reunió cerca de una docena de las mejores 



[1] Textualmente en el original.

[2] La yarda equivale a 91,44 cm.

 

Modificado de Carlos Roumé en "Martín Fierro"/ José Hernández. Grupo Clasa. Colombia, 2001

 

que pudo hallar para los monjes, luego recogió unas cuantas para sí y me ordenó las cargase sobre el lomo de mi caballo.

             Los soldados, al vernos tironeando por las mantas, se mostraron muy entretenidos, pero cuando uno de los nuestros gritó: "Estos hombres deben estar locos para tirar sus mantas en el invierno -sólo que sus rojas casacas vayan a mantenerlos abrigados cuando quieran dormir esta noche-".  Un soldado hubo que los entendió y como sabía hablar castellano les contestó:

             -Señor, ya no necesitamos las mantas, nuestro próximo sueño, será en las mejores camas en la capital.

       A ello replicó Santos:

                -Ese, señores, quizá sea un sueño del cual no despertarán nunca algunos de ustedes.

                Este breve diálogo les llamó la atención hacia Santos y el mismo soldado le retrucó :

                -No hay muchos hombres como Vd. por estos lugares, por lo tanto lo que dice no nos inquieta.

             Luego observaron a los monjes que cargaban en sus cabalgaduras las mantas que Santos les había dado y al observar las pesadas espuelas sujetas a sus pies descalzos, gritaron y rieron y el que sabía hablar les dijo:

             -Sentimos, buenos Hermanos no tener también; además de las mantas, botas para darles.

             Nuestro hacer había concluido y tras despedirnos de los monjes nos dispusimos a partir, mientras Santos decía que estaríamos de regreso antes de la media noche…

 

Extraído de: "El Ombú"/ Guillermo Enrique Hudson; traducción de Violeta Shinya; prólogo de Marcos Victoria. Buenos Aires: Santiago Rueda, 1977. 165 pp. 17,6  x  11,1 cm

 

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

APÉNDICE DE “EL OMBÚ”.

Las invasiones inglesas y el juego de “El Pato”.

(Fragmento)

 

         Ante todo debo decir que 'El ombú" es en su mayor parte una historia verídica, si bien los acontecimientos no ocurrieron exactamente en el orden en que se los presenta. El episodio relativo a la invasión inglesa de junio de 1807 figura en buena medida tal como lo recibí del viejo gaucho llamado Nicandro en el relato, quien me lo transmitió en la década de 1860-70. Las notas que tomé, sin fecharlas, de mis charlas con ese viejo, que contenían muchas anécdotas de Santos Ugarte y la historia completa de El Ombú, fueron escritas, según creo, en 1868, el año de la gran tormenta de tierra. Tengo ahora ante mi vista esas antiguas anotaciones, y su aspecto es muy extraño, tanto por la escritura como por la calidad del papel, y también por la suciedad de éste, la cual me hace pensar que el viejo manuscrito ha de haber quedado expuesto a aquella memorable tormenta, que, según recuerdo, terminó con una lluvia, lluvia que caía como barro líquido.

         En aquella parte del país vivían otros hombres de edad que, siendo niños, habían presenciado la marcha de un ejército inglés sobre Buenos Aires, y uno de ellos confirmó la historia de las rnantas desechadas por el ejército, así como de las bromas cambiadas entre algunos de los soldados británicos y los lugareños.

         Confieso haber tenido algunas dudas cuando releí mis antiguas notas, en cuanto a la veracidad de la historia de las mantas; sin embargo, al rernitirme a las actas de la corte marcial que se le formó al teniente general Whitelocke, publicadas en Londres en 1808, comprobé que allí era referido ese incidente.  En la página 57 del primer volumen se lee la siguiente declaración, formulada por el general Gower al prestar testimonio: "Los hombres, en particular los que pertenecían a la brigada del brigadier general Lumley, estaban muy exhaustos, y el teniente general Whitelocke, para darles la posibilidad de avanzar con rapidez tolerable, ordenó que fueran abandonadas todas las mantas del ejército".

         Empero, en ese testimonio nada se dice en el sentido de que las mantas hubieran sido usadas para consolidar el fondo de un río al paso del ejército, ni se menciona el nombre del río.

 

 

Tomado de: "El ombú y otros cuentos"/ William Henry Hudson; traducción de Luis Justo; prólogo de Roy Bartholomew. Buenos Aires: Editorial de Belgrano, 1981. 171 pp. (Colección Clásicos Argentinos) 

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------


Principal.