EL AMOR POR LO BELLO.
(La Tierra Purpúrea-cap. 7)
(Fragmento)
GUILLERMO E. HUDSON.
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TEMPRANO, a la siguiente mañana dejé Tolosa y viajé todo el día hacia el sudoeste. Lo hice sin prisa, apeándome frecuentemente para dejar que mi caballo bebiese un sorbo de agua clara y probase un poco de pasto verde. También pregunté en tres o cuatro estancias por si hubiera algún trabajo, pero no encontré nada que pudiera serme ventajoso. Cubrí de esta manera unas siete leguas de marcha, siempre en dirección a la parte este del distrito de Florida, ubicado en el corazón del país. Faltando más o menos una hora para la puesta del sol resolví no seguir más lejos por ese día; no podría haber pensado encontrar un lugar más agradable para el reposo que aquel que se extendía a mi frente... Un rancho limpio con amplio corredor, situado entre una enramada de viejos y hermosos sauces llorones… … Al aproximarme a la casa me sorprendió agradablemente el no ser recibido por una jauría de perros bravíos ladrando furiosamente y lanzándose hacia el atrevido forastero para hacerlo añicos, cosa que uno siempre espera. Los únicos signos visibles de vida eran un anciano de blancos cabellos, sentado, fumando, en el corredor, y a pocos pasos del mismo, una joven de pie, bajo un sauce. Pero aquella muchacha era un cuadro de los que se contemplan largamente y se graban en la memoria para toda la vida. Jamás había visto nada tan exquisitamente bello… … Bajo la galería conocí a su abuelo, el anciano de cabellos blancos, persona con la que era muy fácil llevarse bien pues convino en todo lo que dije. En realidad, aún antes que yo pudiera completar una observación, él ya asentía ardientemente. Allí mismo conocí también a la madre de la joven, que no se parecía en nada su hermosa hija, pues tenía ojos y cabellos negros y la tez morena como la mayoría de la mujeres americanas de origen español. Pensé: "Evidentemente el padre de la chica ha de ser blanco de cabellos rubios". Cuando poco después llegó el hermano de ella, desensilló mi caballo y lo llevó a pastar, vi que también él era moreno, de piel aun más morena que la madre. |
La cordialidad simple y espontánea con que esa gente me trató tenía un sabor especial que raramente había experimentado en ninguna otra parte. No era la hospitalidad corriente que de ordinario se ofrece a un forastero sino un afecto natural y sin esfuerzo, como el que podría esperarse se brindara a un hermano querido o a un hijo que hubiese salido de allí en la mañana y retornase entonces… … Aquello fue demasiado para mí y estuve poderosamente tentado a ponerme de pie de un salto y abrazar a toda la familia allí mismo. ¡Qué encantadora era esa primitiva sencillez de espíritu! Sin duda ése era el único lugar en todo el mundo en que aún se prolongaba la edad de oro, apareciendo como los últimos rayos del so1 poniente que ilumina una elevada cúspide al mismo tiempo que el resto de las cosas permanecen en sombra. ¡Ah! ¿Por qué el destino me habría llevado a esta encantadora Arcadia, si ya debía dejarla para tornar al insulso mundo de trabajo y luchas?
¿Aquella lucha inútil y mezquina que enloquece a los hombres, lucha por [riqueza y poder, de pasión y desvelos que marchitan la vida y malgastan la breve permanencia del ser? De no haber sido por el recuerdo de Paquita, esperándome en Montevideo, pudiera haber dicho: "¡Oh, buen amigo Batata y ustedes todos, mis buenos amigos, permítanme quedarme para siempre con ustedes, bajo este mismo techo, compartiendo sus sencillos placeres, sin desear nada mejor, olvidando aquel gran mundo atestado de gente en el que todos luchan para dominar la naturaleza y la muerte y hacer fortuna, hasta que, después de consumir las miserables vidas en sus vanas empresas, caen vencidos y las paladas de tierra caen sobre ellos en sus sepulturas!"… |
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Extraído de: "La Tierra Purpúrea"/ Guillermo E. Hudson; traducción de la 2a ed. en inglés. Editorial Arca, 1968. 123 pp.; 26,4 x 18,9 cm (Cuadernos de Marcha, 10)
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