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La tercera fue Caroline Louisa, quien
se estableció en la Ciudad de Buenos Aires, donde trabajó de institutriz,
entre otros, para los hijos del Presidente Mitre.

Hasta ahora la única imagen conocida (bastante deteriorada) de Carolina Hudson, la tercera de izquierda a derecha, donde luce el atuendo oscuro propio de los cuáqueros.
El cuarto fue Guillermo Enrique
Hudson.
El quinto, Albert Merriam Hudson,
quien también se estableció en Buenos Aires, donde trabajó de profesor de
inglés en el Colegio Nacional Buenos Aires.
Cuando Hudson cumplió cinco años,
un tal Gándara, que poseía una propiedad más al sur llamada Las Acacias,
probablemente en el Partido de Coronel Brandsen,
[1]
al
verse obligado a emigrar al Uruguay debido a la persecución rosista, ofreció
al padre de nuestro escritor el cuidado y explotación
de esta propiedad mientras él estuviera ausente. El señor Hudson aceptó
y, dejando Los Veinticinco Ombúes en manos de un fiel amigo, James Rockwood,
también norteamericano, la familia se trasladó a Las Acacias, donde había un
almacén de ramos generales y alguna cría de ovejas.
Vivieron allí diez años y allí
nació la menor de la familia, Mary Ellen.
La educación básica la recibieron
los niños de su madre, siendo siempre el inglés la lengua que se habló en el
hogar. Tuvieron también algunos maestros, que más que esto eran aventureros
británicos que daban clases a cambio de hospedaje y alimento, y que duraron muy
poco.
Durante una visita a Buenos Aires,
Hudson contrajo tifus y, antes de recuperarse completamente, enfermó de fiebre
reumática, una enfermedad que afectaría su corazón de por vida.
Al regresar a Los Veinticinco Ombúes
y todavía convalesciente, dedica gran parte de su tiempo a la lectura. Había
gran cantidad de libros en la biblioteca familiar, particularmente de religión,
literatura, y ciencias naturales. A esto hay que agregar algunos libros que
compró en la capital y otros que le regalaron, en particular La
historia natural de Selborne de Gilbert White, libro que influyó
notablemente en su obra.
Durante varios años estuvo como conscripto, aparentemente en Buenos Aires, San Vicente y Azul, aunque nunca fue llevado al frente, debido a su enfermedad.
En una de sus visitas a la capital, conoce a Germán Burmeister y le habla de
sus observaciones de aves. El científico, asombrado e interesado, lo pone en
contacto con el Instituto Smithsonian de los Estados Unidos. Esta conexión
produce a su vez el primer contacto con la Sociedad Zoológica de Londres.
[1] Hasta el momento no hay prueba fehaciente de que éste sea el lugar donde se encontraba Las Acacias.